13/05/13
Editamos en digital el concierto benéfico por el Conservatorio Narciso Yepes de Lorca junto a la OSRM
Han pasado ya dos años desde que el terremoto de Lorca dejara inhabilitado el Conservatorio Narciso Yepes el 11 de mayo de 2011. Un año más tarde dimos dos conciertos benéfico junto a la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia para recaudar fondos. Esos conciertos fueron grabados en video de alta definición y se podían ver a través de nuestro canal de YouTube. En total, ya hemos recaudado más de 50.000€ sumando las entradas para aquellos conciertos y las donaciones a través de nuestra página web. Muchísimas gracias a todas los que lo habéis hecho posible.

Meses después de los conciertos se aprobaron los fondos públicos para la reconstrucción del Conservatorio y, a día de hoy, sigue pendiente la confirmación del proyecto arquitectónico y la fecha de comienzo de las obras. Pensamos que este segundo aniversario del seísmo es una buena ocasión para volver a llamar la atención sobre la situación en Lorca. Por eso hemos decidido editar el concierto en formato digital con algunos extras para seguir recaudando dinero, que irá destinado a la compra de material para dotar las aulas del conservatorio cuando su reapertura sea una realidad.

El álbum estará disponible en iTunes a partir del 21 de mayo y tendrá las 15 canciones grabadas en directo en los dos conciertos que tuvieron lugar el 31 de mayo y el 1 junio de 2012 en el Auditorio Víctor Villegas de Murcia. Incluirá tanto el audio como el video y, como extra, una pequeña pieza documental en la que se puede ver un poco más de cerca cómo se gestó el proyecto. También incluirá un libreto en pdf con los créditos y un texto. Además, de forma paralela, editaremos un pequeño libro electrónico con material fotográfico y algunos textos que recordarán la catástrofe  de Lorca y cómo fue la preparación del concierto. Se podrá conseguir de forma gratuita en la iTunes iBook Store.

A todos los que ya habéis contribuido y a todos los que lo vais a hacer ahora: gracias por vuestra generosidad y compromiso.

29/04/13
Un día en La Bombonera
Cuenta la leyenda que los colores de Boca Juniors son fruto del azar y de una derrota. A primeros del siglo XX, los bosteros compartían colores con otro equipo de la capital. La rivalidad entre ellos debía de ser tan fuerte que decidieron retarse en duelo para ver quién se quedaba con la camiseta.

Aquí empezaron las versiones de los parroquianos. En la barra nadie sabía a ciencia cierta qué había en aquel partido ni cuál era el otro equipo. Unos decían que si era de Almagro, otros que si era River, que si nadie vio nunca tal choque, que si ya estaban hablándole al pedo a los turistas…

La noche bonaerense nos llevó al típico bar post-partido en donde se juntan aficionados a darse palmaditas cuando ganan o arreglar el mundo cuando han perdido. Allí corría la Quilmes y olía a pizza y queso fundido. ‘Horror vacui’ en las paredes, empapeladas con todos los míticos del club: Caniggia, Batistuta, Maradona, Córdoba, Palermo… Fotos dedicadas, camisetas en marcos, caricaturas de River, un dibujo de Passarella en la taza del WC…

Demasiado ruido, demasiados idiomas y conversaciones cruzadas, así que el bodeguero, un joven barrigón, decidió salir fuera a echarse un cigarro y terminar de contarme la historia junto al muelle.

-Boca perdió, loco, y había que buscar remera. El presidente de entonces, un tal Brichetto, trabajaba en el puerto, muy cerca de acá. Él era el encargado de dar paso a los barcos que entraban y salían del país. Pues no tuvo otra ocurrencia, ¡el muy hijoeputa! que jugarse los colores del club en una apuesta con su niño: la próxima camiseta llevará los colores de la bandera del siguiente barco que entre al puerto, le dijo. ¡Hay que ser muy puuuto! ¡Podía haber salido cualquier cosa, loco! Aquella vez tuvimos suerte y el primero que pasó fue un cargador sueco, con su crucecita amarilla sobre fondo azul. ‘Imagináte’ lo que debió sufrir aquel hombre hasta ver ese barco…

Yo sería el enésimo turista al que le contaba la misma milonga, pero ¡Papito, qué manera de narrar! En ese momento me dice que saltó del muelle una lubina con el 10 a la espalda y me lo hubiese creído igual. Durante un rato nos quedamos embobados mirando las luces tiritando sobre el Río de la Plata. Él apuraba pitillo y yo fantaseaba con suecas desembarcando en la orilla. Cuando quise darme cuenta, el tipo ya no estaba. Se había vuelto a la barra a repartir litronas usando a Titol, nuestro backliner, de camarero improvisado con el resto de la expedición, la mayoría suecos y daneses, felices sólo de estar allí.

Acababa un noviembre disfrazado de primavera por capricho de los hemisferios. Nuestra gira de ‘Un día en el Mundo’ echaba el telón en Argentina tras casi dos años de idas y venidas por carreteras y aduanas.

La Bombonera

Titol se había empeñado en llevarnos a todos al fútbol, comprometiéndose a organizar el viaje a La Bombonera. Fue recolectando el dinero necesario y acudió a una de esas oficinas que el club ofrece a los turistas donde, además de la entrada, incluyen recogida en los hoteles y cena en alguna tabernilla del barrio. Sacó los tickets para el 23 de noviembre, fecha 9 de aquel Apertura en el que Boca estaba arrastrándose sin pena ni gloria. El rival: Gimnasia y Esgrima.

Llegó el domingo, y a primera hora de la tarde aparcábamos una colosal resaca junto a las puertas giratorias del Gran Hotel Argentino, a pocos metros del Obelisco.

Pasaba media hora larga de la cita y allí no había indicios de recogida. El pobre Titol, que sudaba tinta al sentir en sus carnes el timo de la estampita, recibía por todos lados.

Ya estábamos a punto de capitular y volver a las habitaciones cuando oímos un fuerte ruido entre Pellegrini y Rivadavia. Giraba bufando, casi sobre sus ruedas laterales, una cafetera amarilla y azul en forma de colectivo enrabietado. Apretaba bocina y subía el volumen de su radio chicharrera mientras, del lugar que tenía que ocupar una puerta, salía el cuerpo casi entero de una muchacha entrada en años que bien podía ser prolongación bonaerense de nuestra mítica Eva Nasarre 30 años después. Todo su cuerpo era un escaparate de mercaderías del club de sus amores: cinta en el pelo, camiseta, muñequeras, calentadores y el 10 de Maradona tatuado en su omóplato junto al escudo y las siglas del club CABJ.

-¿Son los españoles? ¡¡Dále, subí, llegamos tarde!!

-Ahora me voy yo solo, ¡cabrones! -nos gritó Titol.

Casi en marcha, nos incorporamos al carnaval pasando en fila de a uno entre asientos ya ocupados por nórdicos muy risueños, que grababan lo exótico de la experiencia en sus avanzadas videocámaras.

Nuestra sherpa se disculpó por el retraso y nos explicó, entre baches, que sería la responsable de nuestros culos aquella tarde-noche. Pasillo arriba, pasillo abajo, cantando canciones, moviendo los brazos al grito de “Y dale Boooo, y dale Boooo, y dale Booooca dale Boooooo”. Era tal su mimetismo con la causa que no te hablaba; directamente te animaba, apoyada por la radio del bus, un hilo musical evangelizante con algunas de las canciones que luego se cantarían en el campo. Aquello era un hervidero, parecía un vestuario más que un medio de transporte. Nuestros biorritmos habían pasado de cero a 100 en tres cuartos de manzana. Y así atravesamos San Telmo hasta el puente de lo separa de La Boca, cruzamos el parque de Lezama por el Paseo Colón, Almirante Brown… hasta la Bombonera.



Cuando paró el colectivo, nos hicieron bajar en fila de a uno para atravesar la calle Brandsen, llena de vallas y algún control policial. Las familias del barrio salían a las puertas de sus casas para fisgar la estela que dejábamos los turistas del balón. Grupos de quinceañeras radiantes se agolpaban con los ojos encendidos en las aceras. Y allí cuchicheaban entre risas a nuestro paso. Con el disimulo refinado de quien se sabe vigilada por los ojos de su padre, que probablemente estaría recogiendo los restos del asado en la casa o vendiendo remeras truchas, camisetas piratas como les dicen allá: “¡Remera, remera, se me acaba la remera!”

A los pies del estadio parecíamos estar llegando a un concierto recién empezado. El volumen subía a medida que nosotros lo hacíamos por las empinadas escaleras del fondo sur. En la Bombonera, como en la mayoría de los estadios argentinos, no sólo se juega al fútbol, los choques se convierten en canciones de 90 minutos largos: batucadas sin fin con bombos, cajas, timbales, trombones, trompetas, saxos… Fieles entregados y decenas de miles poniéndole voz al concierto con el rigor de una ceremonia religiosa dirigida desde los paravalanchas.

Cuando entramos en nuestra bandeja, el fondo opuesto a la 12, nos escabullimos entre la afición local a ver si así remitía el complejo de boy-scout con el que veníamos desde el bus de Eva y Cía. Mimetizado entre los hinchas locales, vi en la multitud a Titol con la sonrisa más grande que le he visto nunca.

-Os he traído a la puta Bombonera, ¡cabrones! ¡No teníais fe! – gritaba desde lejos entre saltos y vítores.

Por los largos túneles ya salían los equipos. Papelillos de periódico recortado lo cubrían todo, volando en bandadas junto a cataratas de papel higiénico. Ese día, Gimnasia vestía de azul. Los locales cedieron sus colores y salieron de blanco y franja amarilla, algo que no gustó nada a mi vecino de asiento, un porteño cincuentón que aparcó sus cánticos para mostrar un desacuerdo puntual.

-¡Concha de su madre, repuuutos! ¡Salí de azul, puuutos!!!

-¿Cuál es el problema, amigo? le dije con interés.

-¡Puta!, me da bronca que Boca no lleve sus colores -comentaba quejumbroso.- Eso de ir de blanco, no son pura milonga para vender remeras. Los colooores, los colooores lo son todo. Y eso aquí lo respeta hasta la Coca-Cola. Mirá los publicitarios de allá en la 12 , ¿que no ves de qué color son?

Cuando alargué la vista me di cuenta de que casi todo el fondo sur estaba lleno de vallas con anuncios de Coca-Cola en blanco y negro, detalle al que no di mayor relevancia.

-Claaaro, pibito. ¿Pensás que iba a entrar en la Bombonera algo blanco y rojo, de los colores de River? ¡¡Ni en pedo!! Las marcas ponen la plata, pero nosotros los colores: blanco y negro. La Coca en blanco y negro, loco. La Bombonera es el único lugar en el mundo donde la Coca-Cola no se anuncia en rojo y blanco.



Boca se adelantó pronto, Medel coló un derechazo desde fuera del área y la cancha volvió a chisporrotear papelillos. No mucho después marcó Insúa desde casi 30 metros, 2-0. Con cada gol, la grada temblaba y todos nos convertíamos en pasto colectivo de abrazos. Karim, nuestro técnico de monitores, reconocía estar abrazándose a desconocidos por primera vez en su vida.

Desde dentro, a la cancha de Boca parece que la han dejado rígida por el costado de los palcos. El lateral de los banquillos es una pared vertical llena de terracitas, pequeños nichos de euforia en los que siempre se busca el de Maradona, como quien precisa de la mirada de aprobación de un padre, un maestro o el párroco del pueblo.

Ese día, Diego no había ido al campo. Llevaba meses sin hacerlo, desde que tuvo aquel quilombo con Riquelme por una convocatoria de la selección. Él no lo llevó, el otro se enfadó y parece que renunció a ir más, qué sé yo…

En pleno cisma, la mayoría de los seguidores se pronunciaron a favor de a su actual volante y nuevo ídolo: “Maradona, traidor”, “la selección, la selección, se va a la puta que lo parió”. La cancha se llenó de pancartas y canciones donde ponían al Pelusa de vuelta y media.

Volví a preguntar al vecino de la Coca-Cola, quien me aseguró que la gota que colmó el vaso fue encontrar pancartas con “Román, 10” ¡Blasfemia! Y Diego, que otra cosa no, pero de orgullo anda sobrado, decidió abandonarlos y dejar vacío el chiringuito una larga temporada.

Es cierto que él no estaba allí, pero su palco desierto tenía más peso simbólico que el resto del campo junto. No pasaba minuto en el que alguien no se girase hacia allá para asegurarse de que la ira del barrilete cósmico no acabara cayendo en forma de rayo sobre sus cabezas.

Es por ese mismo lateral incompleto por donde se cuela, casi sin querer, el barrio entero de La Boca, como si antes de haber terminado de construir la bandeja lateral la barriada se hubiera cobrado el derecho a meter sus terrazas en el campo.

Boca marcó aún dos goles más, el último de Gaitán, a pase de genio de Palermo. El partido acabó 4-0. De Gimnasia, la verdad, recuerdo poco más que los vasos de plástico llenos de extraños líquidos espumosos que nos lanzaban sus hinchas desde la grada superior.

Cuando acabó el partido nos retuvieron para esperar la salida de las barras bravas de los dos equipos. Bajamos las escaleras entre gritos y comparsas. Eva contaba las ovejas del redil y nos encaminaba de vuelta al autobús.

Fuera del estadio, chiquillos mirando pasar la marea mientras sostenían el balón con los brazos en jarra, ansiosos porque se fueran todos aquellos forasteros y seguir jugando. Allí corría en paralelo la otra cancha, la de la calle, en partidos interminables con porterías de jerséis y mochilas donde, además de al rival, también se gambetea al público que sale, al vendedor de choripanes y a las familias que toman el fresco junto al estadio.

Junto a ellos, habían vuelto a salir a para cotillear aquellas quinceañeras de la calle Brandsen. Es probable que vivieran allí de toda la vida, es posible que no hubiesen salido nunca de La Boca. Hoy las recuerdo, convencido de que alguna de ellas era la biznieta del tal Brichetto y que, siguiendo con la tradición familiar, se estaban apostando los novios a costa de todos los que salíamos por allí.

Texto y fotos: Guille Galván.
Publicado en el número cuatro de la Revista Líbero.
17/04/13
Haciendo historia (con hache minúscula)
En los alrededores de la Plaza Simón Bolívar se nos presentó un hombre chiquito y muy delgado, tanto, que parecía que se iba a disolver de un momento a otro en la niebla que bajaba de la montaña amenazando con envolver todo el barrio de La Candelaria. Dibujando con su paso una línea paralela a nuestro primer paseo de despistados turistas en Bogotá, se unió a nuestra comitiva como si ya lo hubiéramos acordado desde largo tiempo atrás.
 
El exiguo caballero destilaba una ajada elegancia. Vestía un traje verde que le quedaba muy grande y que ejercía de eficaz camuflaje con su piel aceitunada, camisa gris sin corbata y un raído portafolios de cuero. En un primer momento no supe por qué, pero me vino a la cabeza el maletín del doctor Henry Jones en La Última Cruzada y me pregunté qué clase de papeles guardaría en su interior.
 
De algún lugar entre las hombreras del traje que, sin lugar a dudas, había visto tiempos mejores, emergió una voz fina y educada que, como si retomara una conversación que quedó a medias en otra vida, comenzó a hablarnos familiarmente. Nos informó que estábamos a un costado del Capitolio Nacional, que el edificio circular que teníamos un poco más allá era el Observatorio Astronómico, el primero de toda América, un poco más allá los jardines de la casa Nariño, la residencia actual del presidente de Colombia, su despacho, la puerta de audiencias, los vehículos blindados, torciendo la esquina, la iglesia de San Agustín y un monumento conmemorativo y el patio del cambio de guardia y la iglesia del Carmen y completando una vuelta entera, asomaba de nuevo la catedral.


 
El comprimido, agradable y documentado tour estuvo salpicado por varios recordatorios de cuál era su profesión, pues estábamos nada menos que ante el Historiador del Archivo de la Presidencia de la República de Colombia o, al menos una vez lo fue. Cada vez que pasábamos por delante de alguno de los militares o guardias presidenciales que custodiaban las puertas del palacio, él se acercaba y, para dar veracidad a sus palabras y a su identidad les preguntaba: “Ustedes me conocen, ¿verdad? Díganles, ¿quién soy yo?” Y los guardias contestaban casi sin despegar los labios, pero bien cuadrados, como si estuvieran ante el  fantasma del comandante en jefe: “¡El señor Historiador!” Un modo muy sutil de justificar la propina solicitada a cambio de la visita guiada, voluntaria, pero muy agradecida.
 
Hasta el último momento no mencionó su nombre, como si todo ese tiempo hubiera dado por supuesto que nosotros ya lo sabíamos: “Hélder Banderas, pero no soy primo de Antonio Banderas, como salta a la vista” dijo riéndose de su propio chiste con una leve sacudida del traje que se movió, enorme sobre un cuerpo tan chico, como un pequeño tsunami de tela vieja. Antes de emprender de nuevo su camino nos habló de una enfermedad que curó con el poder de la mente y nos mostró unos medicamentos que aún necesitaba para certificar que el importe recibido de nosotros no iría destinado a ningún vicio sino a esa necesidad.



La despedida fue insólita pues resultó que el señor Banderas, además de historiador y sanador de sí mismo a través de la voluntad, había sido en su juventud bailador de salsa y tras asegurar solemnemente: “esto es cultura y es un regalo mío para mis queridos españoles”, se arrancó con un paso de baile que nos dejó clavados en el suelo observando cómo se alejaba por la carrera séptima, balanceando su maletín para tomar impulso. Qué importantes o secretos documentos históricos llevaba en él es algo que quedaba en el territorio de lo desconocido.
 
Lo que Colombia nos ofreció a partir de ese momento fue, primero, una amplia galería de encantadores nuevos amigos y, después, una imponente selección gastronómica: una sopa changua y unos tamales en un restaurante tan minúsculo como delicioso que nos recomendó el señor Historiador, siguiendo por un ajiaco en el barrio de Usaquén y rematando con una bandeja paisa, gran atrevimiento por mi parte el pedir el plato que los arrieros de los cafetales de Medellín se meten entre pecho y espalda para aguantar todo el día de pie.


 
Ah y, claro, también hubo música… Hicimos una presentación en una sala llamada Armando Records cuyo éxito hacía presagiar el importante momento que supuso, dos días después, nuestra participación en el Festival Estereopicnic, organizado por T310 que es también nuestra recién estrenada disquera en Colombia. El momento fue resumido lapidariamente por Ángel, nuestro ingenioso ingeniero, ante la congregación de camerino que, al final de cada actuación, espera siempre su cualificado veredicto: “No hemos hecho un concierto histórico, pero hemos hecho historia”, aludiendo a que, si bien no fue una de las mejores actuaciones que hemos facturado, la reacción del público fue espectacular, imprevista y sumamente cariñosa. Puede parecer pretencioso, pero al menos nosotros, teníamos la sensación de estar escribiendo en ese momento un capítulo importante, no de la Historia con mayúscula, claro, pero sí de nuestra particular historia, con la hache más minúscula, muda y, sin embargo, gloriosa.



Es raro cuando percibes  que estás ante un acontecimiento trascendente que puede marcar un período, suele ser algo de lo que uno se da cuenta después. Pero allí estábamos, en el contexto de un festival que, por su parte, también parecía estar convirtiéndose en un hito. Nuestro manager Kin, al que cariñosamente llamamos el “patrón”, comentó que el ambiente del Estereopicnic le recordaba al Festimad del 96, el de Rage Against The Machine, Smashing Pumpkins y Cypress Hill, a ese momento de explosión de los grandes festivales en España que iniciaba una nueva era de la música en directo en nuestro país.
 
En efecto, da la sensación de que en Colombia ahora se está viviendo eso mismo, con la misma emoción y con el mismo estallido de sensaciones. Estar allí no sólo como testigos sino como protagonistas, aunque fuera parciales, nos estremeció, nos devolvió a tiempos pasados, que no fueron necesariamente más felices, pero que sí tenían eso que recuperamos gracias a estas vivencias americanas: la ilusión que tanta falta nos hace por estas tierras y la sensación de que queda todo un mundo por descubrir y un millón de vidas por vivir. El broche a todo esto lo puso Jaime Nieto, entre otras muchas cosas, nuestro guía espiritual colombiano, quien con la mirada perdida en un escenario en el que New Order comenzaba a tocar Crystal dijo: “Esta es una noche histórica para Bogotá”.
 
“¿Has dicho…histórica…?” Mi mente, alterada quizá por los preparados locales de cebada y por el parpadeo estroboscópico del escenario, hizo una fantasiosa conexión con el mugriento maletín de nuestro amigo Hélder Banderas, Historiador del Archivo de la Presidencia de la República de Colombia…. ¿Era posible? Quizás el maletín contenía documentos que daban testimonio de este preciso momento histórico… quizás contenía recortes, libros, discos, archivos que hablan de la “movida” que esos días iniciaba su génesis ante nuestros ojos… quizás aquel hombrecillo venía del futuro… quizás por aquello de las paradojas espacio-temporales él ya sabía que nos encontraríamos… quizás por eso nos habló con tanta naturalidad y no permitió que viéramos el contenido del maletín para que no nos encontráramos con nuestro yo-futuro… y el traje ajado y la cara de los guardias…y…¡Bah, a paseo! Le di otro trago a mi cerveza y me concentré en ese instante presente, uno de esos preciosos momentos en que merece más la pena vivir la realidad que fantasear con ella. Comenzaba a sonar Bizarre Love Triangle.

Texto: Juanma Latorre.
Fotos: Guille Galván, Jaime Nieto, LaX, Juanma Latorre.



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